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Estimados Hermanos en Cristo Jesús les compartimos la biografía de la Beata María de San José.

 

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La Santidad

Ordinariamente manejamos el término “santidad” sin poseer de él una noción clara; elementalmente sabemos que “santo” es todo aquello que de alguna forma tiene relación directa con Dios, pureza y bondad infinitas; el “solo Santo”.
La Biblia nos transmite aquella visión en la que espíritus celestes adoran a Dios cantándole: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del universo…”, alabanza que la liturgia católica ha trasladado a la “Plegaria Eucarística” de la misa. Y la misma liturgia continúa: “Santo eres en verdad, Señor, FUENTE de toda santidad”. Si; Dios es el único Santo; pero como Él es AMOR y el amor es donación, apertura, comunicación, Dios nos hace hijos en su Hijo Jesucristo, “de cuya plenitud todos recibimos” (Is 1,16). En su Hijo, Dios nos hace partícipes de su santidad mediante la gracia sobrenatural. Nos transmite su propia vida. Por eso somos hijos.
Como hijos de Dios en Cristo, todos estamos llamados a ser santos. En esta vocación concurren dos factores: la iniciativa operante de Dios y la respuesta humana en pleno ejercicio de su libertad.
El grado de santidad corresponde al grado de crecimiento en la comunión con Dios.
La madre Iglesia, pastoralmente solícita del bien de sus hijos, acogiendo sus aspiraciones y con la autoridad otorgada por Cristo, declara oficialmente “santos” a aquellos candidatos que habiendo fallecido en concepto de santidad, y mediante exhaustivo estudio de su vida y virtudes, alcanzan por parte de Dios la prueba de un milagro, es decir, de un hecho sobrenatural sólo factible a la omnipotencia divina. Todo queda instrumentalizado en la “Causa de canonización”.
Para ser más precisos, la causa de canonización, es el asunto en cuestión (la santidad de X persona) y se introduce o se inicia: se requieren pruebas testificales (de testigos) y documentales (escritas).
El origen de las causas de canonización se remonta a los primeros siglos del cristianismo en relación al culto de los mártires, y posteriormente a los confesores (eximios defensores de la fe) y, finalmente, a aquellos candidatos cuyas virtudes cristianas en grado heroico, sean comprobadas.
El objetivo de estas causas es proponer nuevos modelos de fe e intercesores ante Dios, a la vez que son una señal de la vitalidad de la Iglesia.
Antiguamente, las beatificaciones se efectuaban a nivel de diócesis y no se exigía el límite de tiempo: podía iniciarse inmediatamente después de la muerte. Hoy se exige un límite de 5 años a partir del deceso.
En cuanto a las personas, se llama “actor” a quien solicita la causa ante la autoridad competente. “Postulador” es la persona nombrada por el “actor” como representante legal: Él defiende los intereses de la causa y, en la práctica, es “el alma del proceso”.
Lo que en lenguaje vulgar se conoce como el “abogado del diablo” es el “promotor de justicia”, a quien corresponde velar para que se observe fielmente la ley.
A través de las sucesivas fases de la causa se denomina al candidato:
1. Siervo de Dios: cuando la Santa Sede mediante el “nihil obstat” comunica que “no hay obstáculo” alguno para introducir la causa.
2. Venerable: Sigue a la declaración de las virtudes heroicas del candidato.
3. Beato: Significa bienaventurado y se declara tal, después de la comprobación de un milagro sometido a proceso.
4. Santo: En la actual legislación eclesiástica se exige un nuevo milagro antes de esta declaración final.
El nuevo santo pasa a formar parte del “santoral” de la Iglesia, es decir, la Iglesia autoriza oficialmente el culto público a estos héroes de la vida cristiana, partícipe, de la santidad divina en grado eminente.
En cuanto a la exhumación, basta decir que, próxima la beatificación del Siervo de Dios, se procede al reconocimiento del cadáver, se extraen algunas reliquias y, si se estima oportuno, se trasladan los restos mortales a un lugar de fácil acceso para los fieles.
No es necesario trasladar los restos al sitio de beatificación, ya sea en Roma o en cualquier otro lugar donde la ceremonia se realice.

 

1. Laura Evangelista

A aquel 25 de abril de 1875, fecha del nacimiento de la Madre María de San José, han precedido vicisitudes y acontecimientos que con diversos caracteres, marcan la historia y la fisonomía de Venezuela: A varias décadas de la independencia nacional, se da la abolición de la esclavitud en 1845, a la que seguirá la Revolución Federal durante cinco años, de 1859 a 1863. El país se enfrenta con una economía destruida por la guerra y la anarquía. Durante el gobierno del civilizador y autócrata Guzmán Blanco, entre otras obras de progreso se realiza en 1873 un censo de la población venezolana, la cual alcanzó a 1.784.194 habitantes.
El 13 de Octubre de 1875, a sólo 6 meses de su nacimiento, una niña es bautizada en la Iglesia Parrroquial de Choroní con el nombre de LAURA EVANGELISTA, hija primogénita de Clemente Alvarado y Margarita Cardozo, modestos habitantes de aquel pueblo. La Bautiza el párroco José María Yépez y son sus padrinos Manuel González y Dolores Sofía Bravo Cardozo, prima de la niña.
Como obsequio de Ana Félix, la abuela paterna, recibe un par de zarcillos de oro macizo con tres esmeraldas cada uno. Acto seguido, aquellos pendientes fueron incrustados en las tiernas orejitas de la recién bautizada.
Laura es una hija esperada con amor y rodeada del cariño familiar, factor decisivo en el desarrollo armónico de la personalidad. Le seguirán otros hermanos: Octaviano, Panchita y Clemencia.
En 1877, Laura recibe la confirmación administrada por el Arzobispo de Caracas, Mons. José Antonio Ponte, de visita pastoral en Choroní. Es su madrina Mercedes Márquez de Padrón.
Al referirnos a Choroní, estamos hablando del pueblo natal de nuestra Beata María de San José. De estilo colonial, pintoresco y acogedor, es patrimonio histórico de la nación, centro turístico del Municipio Girardot en el Estado Aragua, de hermosas playas y habitantes. Guarda en su seno históricas memorias entre ellas la rústica pila bautismal de 1757.
Choroní es valle rodeado de altas montañas que, junto al rio que lo atraviesa, le prodigan un aire de belleza y frescura. A pocos kilómetros, el Puerto de Colombia, con su paisaje marino, su folklore y su actividad bulliciosa y alegre.
La profusa y rica virtualidad de los accidentes geográficos, ejercerán especial influencia en la personalidad de aquella niña, excepcional fruto de su tierra.

2. Infancia

A medida que Laura crece, va revelándose en ella una gama de cualidades: clara inteligencia, fina sensibilidad, firmeza y tan extraordinaria memoria, que jamás olvidará una función de títeres que presenció a los seis meses de edad. En épocas posteriores afirmará que desde los dos años recuerda toda su vida.
Cuando Laura cumple los tres años, don Clemente decide trasladarse con su familia a Turmero, población vecina domicilio de sus padres, Dolores Alvarado y Ana Félix Salas, quienes colman de cariño a su nieta. Una de sus tías le enseñó las primeras letras y a los 4 años de edad, ya sabe leer.
La estancia en Turmero es breve. Al poco tiempo se establecen en Maracay donde cursa todos sus estudios, desde los 5 años hasta los 17. Era una de las preocupaciones de sus padre: su educación, querían para ella lo mejor. En el ambiente social de la época, cuando imperaba el analfabetismo, su educación resultaba óptima.
Según su propia afirmación, en la escuela la llamaban “la palomita”, lo que ella atribuía a su natural seriedad. Declara igualmente que durante toda su etapa escolar guardará su alma de pecado; inocencia que conservará hasta el final de sus días.
Reñida con todo lo que es mentira o engaño, está siempre dispuesta a decir la verdad. Muestra especial inclinación a la piedad religiosa y al socorro de las personas necesitadas, actitudes que ha aprendido junto a su madre, a quien el pueblo mucho aprecia por su servicialidad y caridad, sin distinción de ninguna clase. Nueve años cuenta cuando, acompaña a su madre a visitar un enfermo renuente a recibir los sacramentos aduciendo ante la niña su larga barba. Laura solícita, se aprestó a rasurarlo, como en efecto lo hizo, logrando que aquel hombre se reconciliara con Dios.
Ya era una estampa familiar ver a la niña Laurita al lado de su madre en las visitas de caridad, en la práctica de las obras de misericordia. Anhela el día de su primera comunión, para la que ha sido preparada desde los 7 años por “una santa viejecita”; sin embargo deberá esperar hasta los 13 años, según las normas canónicas de entonces.

3. Algunas Anécdotas

Andaría Laura en los 5 años de edad cuando en Maracay una curiosa dama ventanera le pregunta:
_Muchachita, ¿de quién eres tú?
_De mi papá y mi mamá, le respondió vivazmente la niña.
Cuando me peinaban de crespos -relata la Madre María- ¡ay, ay, ay! iba al espejo a mirarme de un lado y de otro. ¡Se sentía tan linda! En una ocasión, la abuela paterna propone tomar una fotografía a su nieta, así con sus hermosos crespos. A la tía Mercedes se le ocurre colocarle una flor en la cabeza. A Laura le desagrada la ocurrencia y se resiste, pero su madre la obliga a obedecer y la fotografía reveló la imagen de una niña malcriada cubriéndose el rostro.
Una noche que su madre deja a los niños dormidos y va a casa de la abuela a visitar un pariente enfermo, Laurita al darse cuenta de la situación, se provee de una vela y una caja de fósforos (no había luz eléctrica), abriga bien a sus dos hermanitos menores y llega con ellos a casa de la abuela.
_¡Margara! dice a su nuera doña Ana Félix. Es la niña.
_¡Cómo te atreviste…? le interroga su madre.
_ Antes yo miré a ver si estaba la “sayona”, y como no la vi, salí, respondió valientemente la niña.
¡Cómo le fascinaba entretenerse fabricando altares con los recortes sobrantes en la carpintería de su padre! Para evitar reprensiones, a veces se retiraba al solar de la casa lejos de la vista de don Clemente.
Un día, ya como de 7 años lavaba en la acequia que atravesaba el patio de su casa, cuando de repente, su padre acercándose muy serio, le pregunta: “¡qué tiene Ud., en las manos?” pensando que era un cigarrillo, pero ¡no! Era su sortijita de diamantes que con la luz del sol resplandecía.
Desde muy pequeña, ante alguna perturbación de ánimo, se niega a alimentarse. Así, cuando ve a Panchita, su hermana menor, inerte en brazos de su madre, le advierte:
“Ya sabes mamá, no voy a comer nada, ni hoy ni mañana. Era profundamente sensible.”
_Octaviano, -le suplica una mañana a su hermano-, acompáñame a misa de aguinaldos.
_Si me traes una taza de café bien caliente.
Laura lo complace solícita, y el bribón, luego de tomarlo, se envolvió en su sábana y la dejó plantada y triste. “Yo, incapaz de acusarlo ni de vengarme -recordará ella-, lo soportaba todo en silencio”.

 

4. La Niña del Cristo

Varias circunstancias concurrentes en la vida de Laura a sus 13 años de edad, marcarán el rumbo de sus ideales.
Plácida, su prima, hija de la tía Mercedes, es a su vez, su gran amiga, casi como una hermana. Plácida es coqueta y le habla de modas, de fiestas y de galanterías, lo que a Laura desagrada. Por otra parte, los planes de sus padres está orientados hacia un futuro matrimonio de su hija.
Ella quiere ser toda de Dios, pero ¿cómo? en Venezuela no se conocen religiosas. Los conventos de clausura han sido eliminados por el presidente Guzmán Blanco, al igual que los seminarios. Su gobierno ha sido para la Iglesia de Venezuela una verdadera purificación.
Un día, mientras oraba en el templo de Maracay, “Me inspiró el dulce Jesús del tabernáculo preguntarle: ¿Y no puedo unirme a ti (en matrimonio), como las demás mujeres a los hombres?” Y sintió en lo profundo de su alma un clarísimo SI. Era el 16 de Julio de 1888, festividad de la Virgen del Carmen. Y, aunque ella reconoce que entonces no tuvo pleno conocimiento de lo que hizo en este gran día, será una experiencia inolvidable a lo largo de su existencia: Se consideró desde aquel momento extraordinario, la prometida de Dios.
A los pocos meses, el 8 de diciembre de 1888, efectúa felizmente su tan ansiada primera comunión; y ya instruida por el Párroco Antonio Ferrer, “con alegría indecible” pronuncia un voto privado de virginidad al único amado de su corazón: Jesús Sacramentado. Por eso afirma: “En la Eucaristía está mi tesoro y allí está mi corazón”. Se desprende de sus pequeñas vanidades: sus amados crespos, sus joyas. Desde este memorable día comenzará a observar los tres votos de obediencia, pobreza y castidad, y promete vivir con la mirada discretamente baja, característica particularmente suya. En lugar de sus prendas, llevará en adelante un crucifijo sobre el pecho, circunstancia que le merecerá de parte del pueblo el nombre de “La niña del Cristo”.
A esa edad, convierte su hogar en una escuela para los niños pobres, a quienes también prepara para la primera comunión. Al encuentro de los gastos que esta iniciativa le ocasiona, confecciona dulces criollos para la venta, en la cual colaboran sus padres y sus maestras, la familia Blanco.

 

5.El nuevo párroco de Maracay

Los estudios en el colegio de Maracay culminan en 1892, cuando Laura cuenta 17 años. Es el mes de Septiembre. En las jóvenes alumnas reina la emoción y la alegría. Laura es una de las mejores y a ella se asigna el discurso que, en nombre de sus compañeras, deberá pronunciar públicamente en la plaza del pueblo como parte de los actos programados con motivo del fin de curso. Para este día, su madre le ha preparado un hermoso vestido de color azul celeste, bordado en seda blanca. Laura obediente lo estrena; pero luego lo regalará a su amiga Rosarito, no sin antes obtener el permiso de su madre.
Al finalizar sus estudios, Laura extiende su labor catequística a los jóvenes de la parroquia. Ya anciana aludirá a esta experiencia, acotando que “jamás a alguien se le ocurrió faltarle el respeto”.
Don Clemente, orgullosos de su hija, aspiraba a enviarla a Caracas a fin de que prosiguiera allí su formación, pero las circunstancias del momento no resultaron favorables. Dios tenía reservados para ella otros caminos.
Cierto día que Laura ayudaba a sus maestras en la preparación de un ajuar matrimonial, se presenta el nuevo párroco Vicente López Aveledo y allí se conocen. Él es un joven sacerdote caraqueño, de grandes ideales e incansable espíritu pastoral. Alterna sus actividades parroquiales con obras sociales, educativas y culturales. Por designio divino una nueva tarea le espera: encauzar la vida de esta jovencita, ávida de Dios y de bien. La invita a colaborar en las labores parroquiales, las que inicia, previo permiso de sus padres, mediante el honroso oficio de lavar y arreglar los purificadores para el sacrificio eucarístico. Con la delicadeza que siempre la caracterizó en este menester, se apresura a adquirir utensilios nuevos, dedicados exclusivamente a ello.
El 8 de diciembre de 1893, el Padre López funda la Sociedad de Hijas de María, a cuyo ingreso, Laura se prepara con 8 días de retiro espiritual en absoluto silencio, al final de los cuales renueva su voto de virginidad, esta vez en forma perpetua. Recuerda con emoción la hermosa plática del Padre López. “¡Qué bien habla nuestro padre!”, escribe.
Aquella es una parroquia viva, fervorosa y alegre; muy eucarística. Es el humus donde se desarrolla la vocación de Laura, futura Madre María de San José.

 

6. Una circunstancia inesperada

Laura ansía consagrarse a Dios en un convento de clausura: es su gran ilusión, y así lo ha manifestado al párroco, quien le recomienda esperar. Los conventos de monjas en Venezuela han sido suprimidos pos el “Ilustre Americano”. Tendría que ausentarse a España o a la Isla de Trinidad. El panorama se presenta incierto: pero el Padre López promete ayudarla en este discernimiento vocacional.
Mientras tanto vive de oración y de servicio al prójimo. Clemencia, su hermana, trata de disuadirla de aquellas actitudes que a ella le resultan un tanto extrañas en una joven común; pero nada consigue. Laura se siente inclinada a la vida de silencio y de oración, de contemplación y penitencia. Cada día asiste a misa, pese al disgusto de su padre, y dedica largos ratos de oración ante el Santísimo Sacramento, o en el patio de su casa, bajo una planta de catigüire, testigo de sus inquietudes.
De pronto, una circunstancia especial conmueve a la población venezolana: La epidemia de viruela se desata implacable produciendo angustia, zozobra y muerte, particularmente en la clase desposeída: infección, contagio, cuerpos humanos cubiertos de fétidas pústulas, a veces bajo los aleros de las casas. La situación sanitaria es pésima; no existe centro de salud.
Será una circunstancia que pondrá a prueba el temple y la heroica virtud del padre López Aveledo, quien a su condición de pastor, trata de hacer frente a aquella dramática situación. Su inicial experiencia y sus relaciones con el personal del Hospital “Vargas” de Caracas, del que fue capellán, le son favorables. Personalmente los atiende, los traslada en hombros hasta donde puedan ser atendidos dignamente en sus últimos momentos, y cuando nada puede hacer por su alivio corporal, con lágrimas en los ojos, de rodillas ante ellos en plena vía, les administra los sacramentos y les dirige unciosas palabras y oraciones.
El abnegado párroco se siente en la imperiosa obligación de instalar por propia iniciativa un puesto de emergencia, que dará origen al primer hospital de Maracay.
El padre hace un urgente llamado a su feligresía. Unos critican, otros, en su mayoría están dispuestos a colaborar generosamente. Se alquila entonces la casa de las hermanas Yépez, en la calle Miranda cruce con Sucre.
Es el 3 noviembre de 1893.

 

7. Cambio de ruta: Un hospital

Laura quiere retiro, clausura, soledad, y Dios le está pidiendo servicio activo, ineludible. Ella, como espiga madura, se doblega ante el designio divino y acepta su voluntad.
El hospital queda fundado con el nombre de “San José”, patrono de la parroquia. Un notable grupo de personas secunda la iniciativa del padre López Aveledo; médicos, farmacéuticos, señoras, jóvenes y hasta niños, colaboran en el arduo trabajo.
La Junta Directiva está constituida por las Blanco, las maestras de Laura; los médicos se turnan mensualmente, y la atención directa de los enfermos se encomienda a un grupo de jóvenes voluntarias, entre las cuales está Laura. Representa la mayor dosis de sacrificio: Enfermeras, cocineras, camareras, lo son todo: en medio de aquella pobreza y con instrumentos de trabajo los más rudimentarios, la higiene y el aseo resplandecen, pero sobre todo, la caridad.
Junto a Laura están: Ulpiana Gil Quiñones, Josefina Rojas, Dolores Olmo, Margarita Dorta, Socorro salmerón, y la señora Carmen Garbozo de Ayala, Eulogia Burgos colabora con la recolección de fondos económicos.
Titánica tuvo que ser la fe y la voluntad de aquel grupo de mujeres para mantener en pie esta obra de caridad común en tiempos tan crudos. La miseria se hace ley. A la baja mundial de precios de los principales productos nacionales de exportación, como el café y el cacao, tendrán que enfrentar el azote de enfermedades como el paludismo y la tuberculosis, y las invasoras nubes de langostas que arrasaron las siembras, base de la economía del país.
Laura reside en la calle Páez, muy cerca del hospital. Trabaja todo el día con los enfermos y a las 8 de la noche se retira a su casa, según exigencia de sus padres.
¿Dónde se han ido los sueños de Laura Alvarado de retirarse a la tranquila soledad de un convento para mejor servir a su Dios? Su pueblo, la Iglesia, los pobres, la necesitan aquí y ahora. Y ella se entrega con gran abnegación. Ocho años de servicio en aquel hospital la prepararon para mayores ascensos en la práctica de la virtud cristiana, especialmente de la caridad.
Y también de la humildad.

 

8. Con nombre y apellido

De 1894 a 1895 las jóvenes del Hospital trabajan bajo la dirección de la señora Juana de Motamayor, la cual fue sustituida por la señora Antonia del Castillo, ex-religiosa procedente de las Islas Canarias, a quien probablemente el padre López había conocido en el hospital Vargas de Caracas. “Misia Antonia” comienzan a llamar en el hospital a aquel nuevo personaje que entra en escena con el rol de directora y administradora.
¿Quién iba a imaginar que aquella nueva ecónoma sería un instrumento de purificación para Laura? Según afirmación personal de la protagonista, aquella feliz niña no conocía el sufrimiento, que desde ahora se hace presente con nombre y apellido.
En este importante momento de su vida, Laura abre su corazón virginal a la fecundidad de la cruz y sufre en silencio incontables pruebas por parte de “Misia Antonia”, a quien ella, Laura, “quiere con toda su alma”. “Era tremenda, me hacía sufrir, pero yo la quería mucho. ¡pobrecita!”. Así son los santos. En la oscuridad de la prueba, resplandece la luz, y en el crisol se purifica el oro.
Cuando Doña Antonia se tornaba muy fastidiosa, las otras jóvenes desobedecían, no así Laura: ella lo ofrecía a Dios, por amor a sus pobres. El tiempo transcurría y la pobre víctima callaba. Nada confiaba a sus padres ni al sacerdote por temor de no poder continuar en aquella obra, “lugar de sus delicias” apostólicas.
De temperamento sensible y muy reservada, Laura enferma. Agudas crisis de asfixia llevan a temer por su vida. El Dr. Tabosqui ha dicho:
“Se nos muere la niña del Cristo”
Ante esta situación, doña Antonia muy preocupada, habla con el padre López Aveledo: Ella quiere prometer a Dios retirarse del hospital e irse a prestar sus servicios a un apartado lazareto, como en efecto lo hace.
Laura se recupera.
Posteriormente, cuando Laura toma el hábito religioso, le escribe una carta a doña Antonia, quien le responde y, entre otras frases, le expresa: “Yo comprendía que usted tenía vocación”.
Por ello la Madre María, agregará: “Ella fue mi maestra, mi gran maestra”.

 

9. Don Clemente arrancado del abismo

El 5 de abril de 1899, el padre López Aveledo entrega a Laura la dirección y administración del hospital, del que hace su residencia. Está próxima a cumplir 24 años de edad.
Todas las noches, don Clemente se acerca al hospital a despedirse de su hija, quien no atreviéndose a recibirlo, le da las buenas noches desde la puerta. Piensa que su sacrificio como “consagrada a Dios” debe ser completo. Le preocupa mucho su padre y ora incesantemente por él. ¿Qué no haría ella por la salvación de su alma?
El 17 de diciembre de 1899 a las dos de la madrugada sostiene una fuerte lucha espiritual, en la que invoca a todos los santos de su devoción, hasta que, finalmente una voz interior la tranquilizó: – Te basta mi gracia. Su lacónica nota de ese día nada explica. Concluye escribiendo: “!Ah, Señor, habéis aceptado mi sacrificio! Bendito seas”.
Transcurridos apenas 12 días, Laura recibe la noticia de que su padre ha sufrido una “congestión cerebral” severa. Parece estar muerto. Atribulada, corre a postrarse a los pies de la imagen de nuestra Señora de las Mercedes, a quien encomienda la salvación eterna de su padre. “No me levantaré de aquí -le dice- hasta que me concedas esta gracia”. Ofrece a Dios el sacrificio de ayuno total y perpetuo por manos de María, refugio de pecadores. Su maternal intercesión no se hace esperar. Don Clemente reacciona y con plena lucidez mental recibe todos los sacramentos, incluso el del matrimonio. Tenía 55 años de edad.
Laura, pensando “por ignorancia que al estar ya consagrada al servicio de Dios, ya no podía ir a casa de su adorado viejo, llorando, llorando, lavaba las úlceras de mis pobres… hasta que empezó de nuevo la agonía, y el padre López me mandó; fui y estuve desde las 12 del día hasta las 3 de la tarde, cuando expiró. Enseguida, al hospital de nuevo”.
¿Se relaciona esta promesa de ayuno absoluto con aquella experiencia del 17 de diciembre? Posiblemente.
Lo cierto es que Laura inicia esta nueva aventura de fe, alimentándose sólo con la comunión diaria. Es la Eucaristía quien milagrosamente la conforta en medio de las múltiples actividades y responsabilidades de su cargo. Así transcurren 10 años hasta que por obediencia el padre López Aveledo, a raíz de una enfermedad, mitiga su ayuno: su dieta fue mínima durante el resto de su vida.

 

10. Agustinas al servicio de los pobres

El año 1900 en Venezuela es época de guerrillas. En Octubre de ese año un terremoto conmueve a todo el país. Poblaciones casi desaparecidas, familias desamparadas, templos derrumbados, actividades interrumpidas con los consiguientes trastornos públicos.
A nivel eclesial, al Arzobispo de Caracas, Monseñor Críspulo Uzcátegui, por motivos de salud es sustituido en sus funciones por el Vicario Provisor, Monseñor Juan Bautista Castro.
Contra el régimen del presidente Cipriano Castro, se suscitan sucesivas rebeliones hasta 1901, cuando estalla la sonada revolución “Libertadora”, cuyo protagonista es el acaudalado hombre de negocios Manuel Antonio Matos, concuñado de Guzmán Blanco.
Junto a Laura y, animada por el mismo ideal de consagrarse a Dios, labora su fiel amiga Ulpiana Gil. Durante 8 años han trabajado dura y abnegadamente en el hospital y, previa oración y conversación con las dos jóvenes, el 22 de enero de 1901, el Padre López Aveledo funda con ellas la Congregación de las Hermanas Agustinas. A los pocos días se les agregan otras dos jóvenes: Francisca Rojas y María Félix Rodríguez.
Dada la convulsionada situación política del país, la comunicación con el arzobispado de Caracas, no era fácil. Necesitan la licencia para la vestición del hábito religioso y ellas, las jóvenes, querían vestirlo el próximo 11 de febrero, festividad de la Virgen de Lourdes. Por tal premura encomiendan el caso a la “abogada de lo imposible”, Santa Rita de Casia, prometiéndole serían como ella, Agustinas.
La respuesta de Monseñor Juan Bautista Castro va dirigida al Padre López Aveledo: “Se me pide por una señorita llamada Laura María en unión de otras que la acompañan en el servicio el hospital de esa parroquia, permiso para vestir un hábito religioso. Si esto no presenta ningún inconveniente, lo concedo con gusto a esas buenas servidoras de los pobres”.
Es tanta la estrechez económica que no alcanza la tela adquirida y Laura elige para ella el hábito usado de una piadosa señora, pariente suya.
Los nuevos nombres de las Hermanas son: María, Catalina, Francisca y Máxima, todas “de San José”, patrón de la parroquia de Maracay.

 

11. Presencia viva de la caridad

Las abnegadas servidoras del hospital “San José” se han constituido en Congregación religiosa para los pobres. Oportunamente, el padre López Aveledo se presenta con su grupo de Hermanas ante el Vicario Provisor del arzobispado de Caracas, quien designa a Laura superiora. Ella obediente, acepta, y desde ese momento regirá los destinos de la Congregación hasta 1960, siete años antes de su muerte, siempre por obediencia.
El 13 de Septiembre de 1903, la Madre María emite sus votos perpetuos y, en acción de gracias, permanece hasta media noche de rodillas sosteniendo en su mano un cirio encendido. Tanta es su felicidad y su fervor.
Ese mismo año, el Padre López Aveledo presenta los primeros estatutos de la Congregación ante Monseñor Castro, explicitando la naturaleza y el fin de la misma, e informando de las obras atendidas hasta ese momento.
El origen de la nueva Congregación de Agustinas se remite a “varias señoritas de esta ciudad (Maracay), quienes en su ardiente celo por la gloria de Dios y el bien de las almas, y siguiendo el impulso interior de la gracia y un deseo afectuoso de corresponder a ella, se sintieron incitadas a poner los medios para conseguir la perfección en una vida retirada de oración, en el servicio de los desgraciados pobres de nuestro Señor Jesucristo, declarándose esclavas de sus hermanos indigentes”. Y con “el contentamiento de los venerables párrocos atienden los hospitales de Maracay, La Victoria y Villa de Cura”.
La revolución “Libertadora” ha agotado cuantiosos recursos humanos y económicos. Sangre y fuego, miseria y dolor, conforman el panorama nacional. Allí va la Madre María con sus Hermanas, al cuartel general de Cagua, a atender dos hospitales de campaña con centenares de heridos cada uno. Son apenas diez Hermanas que deben multiplicar sus esfuerzos para todos, los partidarios del gobiernos y los del bando contrario. Pasan luego al cuartel de Maracay y en el hospital “San José” atienden 150 hospitalizados. Un hermoso testimonio de caridad cristiana.
No hay que olvidar que para estos años Laura está observando su ayuno absoluto, por lo cual no es extraño que en una ocasión, mientras se trasladaba a pie por el campo en compañía de la Hermana Francisca para ir a atender los heridos, hubieran de solicitar ayuda en una humilde casa.
Como si fuera poco, en 1904 cunde la epidemia de viruela, enfermedad infecto-contagiosa que exige el aislamiento de los pacientes. A esos “degredos” se traslada la Madre María con sus Hermanas. “El 15 de Agosto ya estábamos instaladas con nuestros pobres enfermos… Recuerdo con alegría esos hermosos días llenos de penas y amarguras”.

 

12. La llamaron “Mamaíta”

¿No es lógico que de estos flagelos sociales surgieran dolorosas consecuencias? Ahí tenemos en las clases populares, serias situaciones de orfandad, niños sin hogar. Ella, la Madre María, que desde niña soñaba ser la “mamaíta” de un centenar de niños pobres, comienza a trabajar en este sentido. Los adultos necesitan hospitales, pero los niños una familia, un hogar lleno de afecto. Será ésta su obra predilecta.
Quiere fundar el primer asilo para huérfanos. El padre López duda de que pueda sostenerse. Ella lo anima a confiar en la divina Providencia. En el mismo hospital “San José” destina para ellos un espacio. Reúne un grupo pequeño de los más necesitados y el 24 de Mayo, bajo la protección de la Madre de Dios, funda el “Asilo Inmaculada Concepción” en la ciudad de Maracay. Es el año 1905. Desde entonces, la Madre María se traslada con sus niños a una casa alquilada por Bs. 40, cancelando semanalmente “lo que buenamente podía”.
Aquella obra era un reto. El padre López la había autorizado diciendo: “Si dura un mes y se sostiene, le aseguro su duración”.
La Madre María con satisfacción informa que, a pesar de todo, ni un sólo día sus huérfanos se han acostado sin alimentarse: la dieta básica era el topocho (cambur), cocido, asado o frito; con dos bolívares se preparaba un hervido o carne molida, y en temporada de mangos, el delicioso fruto servía de postre.
Inicialmente, y por la necesidad imperante, los “hogares” de la Madre María, fueron mixtos, hasta que la autoridad eclesiástica intervino y ella obedeció dejando sólo las niñas, aunque como ella expresa: con gran dolor.
Los huérfanos van en aumento; la casa alquilada en la calle llamada de la estación, hoy Soublette, es ya insuficiente. El Señor Francisco (Pancho) Gómez, antiguo benefactor del hospital, le cede su vieja casa en la calle Santos Michelena y a ella se traslada en 1906. Esta casa se convierte en Casa Madre, noviciado y Casa de ejercicios espirituales para las Hermanas de la Congregación.
Los niños se acostumbraban a llamarla “Mamaíta”. Los educa, los enseña a reír, a jugar, a comer a la mesa con cubiertos. Es feliz en medio de ellos. Además de las Hermanas, junto a ella está su madre, doña Margarita, a quien los niños llaman “abuelita”. Al padre López le dicen “papá mío”. Es un hogar.
¿Qué pretende la Madre María con estos hogares para huérfanos? Ella lo determina en sus estatutos: Librarlos de los peligros a los que se hallan expuestos, educarlos cristianamente y enseñarles algún oficio concerniente a su sexo.

 

13. Por los caminos de Dios

Caminos que se cruzan, largos y monótonos, polvorientos o agrestes; carros de mula, jornadas a pie; travesía de ríos; sencillas goletas recorriendo mares; pobrísimas viviendas, “casuchas destartaladas” en más de una ocasión; comienzos inauditos. Son estos, avatares que se suman silenciosos al haber fundacional de la incansable Madre María de San José.
En la medida de las necesidades y de sus posibilidades, apremiada por esa gran virtud de la caridad cristiana, y fundamentada en la confianza filial al Padre Dios, va trenzando una red de obras apostólicas y sociales en favor de los desposeídos: Acá, asilos para mendigos que deambulan por las calles; allá escuelas nocturnas para empleadas domésticas; hoy, hospitales y antituberculosos; mañana, casas maternas, orfanatos, escuelas populares; evangelización permanente, impartida en los pueblos, en las cárceles y en los campos; catequesis en las parroquias y en las escuelas, y en algunos sitios, catequesis nocturnas.
Por todos los sitios donde le es posible llegar, va distribuyendo sus comunidades de caridad, y junto con ellas, la presencia eucarística. Insiste una y otra vez hasta que la autoridad eclesiástica le concede las requeridas licencias para instalas la divina Majestad en sus casas.
“¡Un sagrario más! Ya las penas y pobrezas serán aliviadas con la dulce presencia del Dios de nuestros altares, la por siempre amada, la adorable Eucaristía”. ¡Cuánto se lamentaba cuando, por circunstancias que no dependían de ella, debía cerrar una de las obras benéficas!: era cerrar la puerta de caridad y ¡un sagrario menos!
Hasta 1917 gozó del asesoramiento y apoyo del padre López Aveledo: En abnegado ejercicio de su ministerio pastoral, contrajo la tan temida tuberculosis, para entonces enfermedad mortal. Por orden del General Gómez quien residía y gobernada al país desde Maracay, fue trasladado con sus hermanas a la ciudad de Los Teques, donde después de un verdadero calvario sufrido con heroica virtud, falleció el 30 de Enero de 1917, dejando una luminosa estela de santidad.
En su lamentada ausencia, la Madre María recibirá la fiel y afectuosa orientación de uno de sus más ilustres hijos espirituales: Monseñor Hilario Cabrera Díaz, vocación sacerdotal cultivada por el padre López Aveledo.
A la hora de su muerte en 1967 el balance de sus fundaciones era: catorce hospitales de caridad; dos antituberculosos, un leprocomio, dos albergues para mendigos, once centro socio-educativos (orfanatos-escuelas) dos casas maternas y una escuela nocturna para domésticas.
No le faltó visión para extender su obra a otros países; pero sus intentos no se consolidaron.

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